Entrevista a Iván Díaz: Testigo vivo de la antigua bohemia santiaguina

Share Button

Conversar con Iván Díaz es sumergirse en los recuerdos y anécdotas de más de medio siglo atrás, cuando la música tropical recién comenzaba a ser escuchada en nuestro sureño terruño, aparentemente exento de tintes afros.

Iván Díaz. Foto: Jaime Fredes

Su llegada a la música, un poco por casualidad, relata alguna de las particularidades del medio musical chileno de mediados del siglo XX, donde no había escuelas de música popular ni locales donde acceder a la instrumentación necesaria para poner a sonar el ritmo tropical. Cuenta que en la Hostería Las Rosas, ubicada en Blanco con Bascuñán, sucedió el encuentro con un grupo de músicos, quienes le abrieron la puerta hacia el mundo de las percusiones :

“Miguel Rivera tocaba tumbadoras entonces a él le pregunté ‘oye ¿qué más se puede tocar?’, ‘bongós pos’ me dijo, ‘¿qué es eso?’, y ahí me hicieron un dibujo del bongó. Mi papá era carpintero, tenía una carpintería aquí en Matta con Lord Cochrane, así que me hicieron un dibujo, las medidas, más o menos, todo, y mi papá me ayudó a hacer el bongó. Es que antes no había instrumentos aquí. La cosa es que me hice un bongó, ya, para hacerla cortita, me hice un bongó y le dije yo ‘oiga, ¿puedo venir a tocar?’, ‘bueno pos’, ‘¿te hiciste el bongó?’, ‘sí’, y mientras tanto yo siempre escuchaba música, en las radiolas, música tropical, y practicaba en las mesas. Me pusieron ahí a escuchar hasta que pesqué el ritmo del martillito que se llama en el bongó y así estuve dos años. Mientras trabajaba de esto, yo tocaba sábado y domingo, entonces no perjudicaba para nada mi trabajo, y así aprendí pos. Y después que aprendí me fui a Bandera, ahí llegamos allá.”

A poco andar, logra convertirse en bongosero de la Orquesta Los Caribes, una de las agrupaciones más relevantes de la bohemia santiaguina de los años ´50, que en 1953 ya había recorrido todo Chile tocando, y en 1957 se transforma en la primera orquesta chilena en participar en una película internacional, “Venga a bailar el rock” (Buenos Aires, 1957). Iván Díaz fue protagonista del proceso de anidación del repertorio tropical afrolatino de salón en Chile, desde el que se consolidó una escena bailable presta a recibir años más tarde a su majestad, la cumbia, ritmo que 50 años después sigue plenamente vigente.

Su testimonio no sólo oral sino también fotográfico y audiovisual, son un verdadero tesoro oculto del patrimonio musical popular y tropical que caracterizó nuestras noches de antaño, como muestra la citada producción cinematográfica, en la que es posible echar un breve vistazo a la estética con la que nuestros cultores tropicalones se acercaban a la música afrocubana y, en general, afroamericana: blusones de mangas arrepolladas en cuadrillé, coreografías al ritmo del jazz bailable y de la música tropical, y la vedette argentina Amelita Vargas, que ante la absorta y sentada mirada de su público enseñaba a bailar el cha cha chá.

“Venga a bailar el rock”, la película. Archivo: Iván Díaz

También músico de sesión en diversos proyectos musicales, la trayectoria de este sabrosón cultor de ritmos es ampliamente vasta. Recorrió varios países de América Latina compartiendo con músicos caribeños y destacadas vedettes de la escena internacional, una de las cuales fue su esposa, adquiriendo una experiencia única en el cultivo del lenguaje percusivo.

Su relación con los locales de la antigua bohemia santiaguina fue continua, permitiéndole compartir escenario con la inolvidable vedette estadounidense de origen puertorriqueño, Yolanda Yvonne Montes Farrington, “la Togolele”, quien fue contratada por 20 días en la confitería Goyescas, al año siguiente de la venida a Chile de Dámaso Pérez Prado, “el Rey del Mambo” (1952), extendiéndose una temporada en el Teatro Caupolicán. La masiva aclamación popular le valió a sus presentaciones el particular nombre de tongolelazos, como documentan los investigadores González, Olshen y Rolle (2009).

“…antes habían muchas boîtes en chile, en Santiago sobre todo, era de día Santiago en la noche. Trabajaba en tres turnos, las fuentes de soda, los restoranes y las boites, tres turnos, de ocho horas cada uno, o sea nunca faltaba la pega.”

Iván Díaz acompañando a Daniel Santos en Goyescas, 1961. Archivo: Iván Díaz

Como músico de sesión en la Confitería Goyescas, Iván Díaz fue también heredero de la exigencia ecléctica que hoy caracteriza a muchos músicos chilenos: la capacidad de interpretar una amplia diversidad de ritmos de diversas nacionalidades, así como también arreglos de los artistas estelares de turno. Sobre ello nos contó:

“Mire, antes los músicos tenían que tocar de todo. ¿Por qué? Porque venían muchos artistas extranjeros, de distinta índole, españoles, franceses, americanos. Entonces había que saber tocar de todo eso, tenían que ser buenos músicos.”

Cabe destacar además que uno de sus principales aportes al desarrollo musical tropical de la escena local, fue haber cultivado la tradición percusiva afrocubana, tanto en sus versiones orquestadas de salón (a partir de las que logró consolidarse como bongosero), como en sus formatos tradicionales de inspiración yoruba.

Iván Díaz y conjunto: bongó, tumbadora, tambor batá. Archivo: Iván Díaz

Su práctica musical evidencia así que, aun siendo la espectacularidad de las plumas estilizadas y las grandes orquestas el principal referente a partir del cual se reconstruye la memoria de la llamada época de oro de la antigua bohemia, estos formatos convivían con otros, menos estilizados, más negros y eróticos, así como también de mayor complejidad rítmica y trascendencia cultural, como es el caso de los tambores batá, propios de la santería cubana de tradición centro-occidental africana, específicamente yoruba.

Así, un poco contra las intenciones de blanquear lo tropical que primaban en la naciente industria musical regional de la época, otro poco contra la visión homogeneizante de la bohemia-gran-espectáculo, así como también contra las fronteras establecidas por la musicología tradicional entre el cultivo del rock, el jazz y la música tropical, Iván Díaz hizo de su práctica musical un espacio ecléctico que jugaba con la espectacularidad de hibridar aquello que sellos y productores se empeñaba en mostrar por separado. Destacado es el ejemplo de la fotografía que sigue, en la que aparece junto a un joven Giolito en la batería central y otros cultores de la época, en un ensamble de 3 baterías (propias de las orquestas de jazz de entonces), tumbadoras y el bongó que interpreta.

Orquesta de ritmo de Iván Díaz junto a José Arturo Giolito. Archivo: Iván Díaz

Hoy, a sus 80 años, permanece en la escena nocturna como bongosero estelar de la orquesta tropical Los Rumberos del 900, donde hace 20 años comparte con antiguos compañeros músicos de los ´50, con nuevas generaciones de cultores tropicalones, y con un público crecido que atraviesa barreras sociales y generaciones.

Esta reseña fue escrita en base a las entrevistas que el CITCh realizó a  Iván Díaz los días 6 y 17 de abril de 2011, además de conversaciones informales y visitas a los ensayos de Los Rumberos del 900.

Bibliografía de referencia: González, Juan Pablo, Claudio Rolle y Oscar Ohlsen. Historia Social de la Música Popular en Chile, 1950 – 1970. 1ª ed. Santiago,  Ediciones Universidad Católica de Chile, 2009.